A pulso de tinta

Antínoo en Piélagos, Gabriel Avilés

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Antínoo en piélagos, la lejanía es certidumbre cuando se ama. Hace unos días mire tu rostro en la llovizna de una tarde fría, me aprisione a tu cuerpo, a tus pétreos muslos, en tanto, mi virilidad moría en los sepulcros de las callejuelas donde ofrendabas lujurias a los ancianos en llamas.

La ciudad se destruye conforme el silicio se impregna al día.

Añoro nuestra última cita cuando me comentaste que te ibas de viaje pero que siempre estarías a mi lado como un poema inconstante. Se desvaneció esa promesa pero al sentirte de nuevo en esta crisis escondida con alcohol y antidepresivos, no desdeño  el olor de tu afilado dorso.

Sabes, los infieles ultrajan lo perfecto, tú construiste ruinas con el llanto de mujeres y hombres que esperaban su destino con el I Ching y runas.

El oscurecer inicia,  metáfora concebida por tus ausencias, sé que oyes mis versos simples y desgraciados.

Tu sangre se hizo libélula que día a día crece en el sentir el mórbido deseo del retorno mientras un whisky permite vuestros besos.

Gabriel AvilésAntínoo en Piélagos, Gabriel Avilés
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La Narrativa de Horacio Quiroga, Gabriel Avilés

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Hace algunos años conocí la narrativa del escritor uruguayo Horacio Quiroga (Uruguay, 1879- Argentina, 1937), gracias al libro Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte, el cual se puede encontrar en nuestra ciudad en los diversos centros comerciales y algunos culturales. Quiroga me conquisto con esta serie de narraciones donde, autor y personajes se fusionan en el arbitrario mundo de la literatura.

Para conocer mejor a este autor es importante analizar su trayectoria y vida, como bien antes mencione, uruguayo de nacimiento decide explorar el mundo y en plena juventud viaja al viejo continente en el año 1900 con el fin de conocer el mundo de los simbolistas, a su retorno a tierras sudamericanas funda en conjunto con otros intelectuales el Consistorio del Saber, Quiroga era el principal representante pues tenía una verdadera admiración por Edgar Allan Poe y como mentor a Leopoldo Lugones.

Cada libro de Horacio Quiroga es una verdadera odisea, muestra de ello son los siguientes títulos: Los arrecifes de coral (1901), llamarada posromántica y modernista de contenido macabro, que incluye cuentos y poemas; El crimen del otro (1904) con el que cierra su pasado literario encuadrado en el decadentismo, Los perseguidos (1905) y en 1908 Historia de un amor turbio. En Cuentos de amor, de locura y de muerte (1917) su ingenio le permite escribir textos donde maneja el sufrimiento del campesino sudamericano, la pasión del ser humano en todas sus manifestaciones gracias a su habilidad para manejar el esquema del cuento efectista, pero al servicio de una temática regional. Quiroga maneja como narrador lo pintoresco de su entorno sin ser superficial, al contrario, su entorno le sirve para dar a conocer el alma de los pueblos de América del Sur, claro ejemplo lo podemos leer en su texto El salvaje (1920) y Anaconda (1921), su último libro Los desterrados (1926) muestra al lector la tragedia del alma humana teniendo como regencia su propia vida

Para finalizar esta columna transcribo un fragmento del cuento La gallina degollada, perteneciente a su libro Cuentos de Amor, Locura y de Muerte:

Todo el día, sentados en el patio, en un banco estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la cabeza con la boca abierta.

El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otra veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años y el menor, ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo. ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Gabriel AvilésLa Narrativa de Horacio Quiroga, Gabriel Avilés
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MAGNOLIA, GABRIEL AVILÉS

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A mi madre por su amor y más.

 

Nací de una magnolia

Y me hice dátil del viento

Bifurque entornos

Destruí barracas

Mi cuerpo se concebía en liturgias

Me clavaron espinas

Me entregaron a la ácida tristeza

Para luego convertirme en fango

Volví a ti

Magnolia de mil fuegos

Que se arroja al averno

Por mis exequias

Sin importar cardos o yerros

Madre

Quizá este poema lleve

Versos del desahuciado

A la vez, significa la amalgama

De nuestras fortalezas

Gabriel AvilésMAGNOLIA, GABRIEL AVILÉS
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Entre Todas Las Eras, Gabriel Avilés

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Un té,

cigarros a medio apagar,

el ying y el yang unificando el cosmos,

susurros, lágrimas, sonrisas a medio nacer,

una mujer se libera de su tempestad,

un náufrago encalla en su rostro,

ambos predecibles, amorosos,

sin descanso aman con el ímpetu del nocturnal

que cuida nuestro dolor, y

desintegra sin vehemencia,

ermitaños hasta el fin de todas las eras,

eras aciagas, ávidas de morir

en el ruido de las viejas locomotoras

mientras los te amos condicionan

la púrpura doctrina del infinito,

y ellos, la mujer y el náufrago

lapidan el manto estelar de las cosas.

Gabriel AvilésEntre Todas Las Eras, Gabriel Avilés
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EL VIENTO CAE, GABRIEL AVILÉS

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La lluvia cae

El viento cae

Sol (y) edad cae

El silencio cae

 

Exhumo a mi madre

Del silicón y el miedo

Y el desierto renace en ella

 

La lluvia cae

El viento cae

Sol (y) edad cae

El silencio cae

 

El universo

Usurpa mi esencia

A punto de fenecer

 

La lluvia cae

El viento cae

Sol (y) edad cae

El silencio cae

 

Los crisantemos

Evocan a mi padre

Que vislumbra la perdición del cosmos

 

La lluvia cae

El viento cae

Sol (y) edad cae

El silencio cae

 
 
 

Gabriel AvilésEL VIENTO CAE, GABRIEL AVILÉS
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DANZÓN DE SUBURBIOS Y BURDELES, GABRIEL AVILÉS

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Escapo de tugurios explotados por truhanes,
Calles divergen pasos
Dos perros hurtan mi silla de ruedas.
Llego a casa, me aíslo por días, semanas, meses,
No sé, manecillas corroen segundos,
Termitas duermen en mi torso.
Afónica crueldad,
Nadie habla por teléfono,
Los muertos me creen de viaje,
Amigos honran mi memoria con tequila.
Tocan a la puerta,
Una mujer de asfalto pide un cigarrillo,
Bebe conmigo, bailamos el danzón de la angustia,
Cuyos compases nacen del fonógrafo,
Herencia de los judíos, llamados abuelos,
Por compasión ambos nos damos la cortesía del sexo,
Aves de rapiña en pasionario daguerrotipo
Incendia el farol de afuera, sí, el de las luciérnagas.
Horas devastadas de enero, vuélvanse piedra,
Davalúen sus lamentos con lagrimales,
Ayer versos, hoy moho derruido entre mis manos.

Gabriel AvilésDANZÓN DE SUBURBIOS Y BURDELES, GABRIEL AVILÉS
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Antínoo sin tiempo, Gabriel Avilés

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A unas horas de finalizar el año, mi mente se arrumba en ti, en tu sonrisa ruidosa, en tu piel de efebo cuya voz me entregaba versos y epitafios.

Todavía tu copa de vino se halla en la mesa y tu fotografía se deslíe en un ápice de lo que no fue.

Me embriago de pensamientos cuya dislexia se une a tus lejanos labios.

Antínoo sin eras

Te transfiguraste de peón a rey.

No hay jaque mate sólo resquicios de aperladas lluvias cubriendo el llanto de un hombre que te amo a ras de la inconsciencia.

Arranco la última hoja del calendario.

Pasionaria sangre invade la casa mientras embalsamó tu cadáver con mi estéril desamparo.

Afuera el gentío grita Feliz Año Nuevo y nosotros quedamos en vísperas del futuro para siempre yerto.

Imagen: Francisco Alzaga Nava.

Gabriel AvilésAntínoo sin tiempo, Gabriel Avilés
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DE CARTAS PARA NO SACRIFICAR INCIENSOS, GABRIEL AVILÉS

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EPÍSTOLA 3

La tranquilidad me causa náuseas. Sus efectos son irreversibles y la rutina mitiga todo resentimiento. Frases como “buenos días”, “el café está menos amargo o este día es igual de denso a los demás” se transfiguran en gélida morfina para la sobrevivencia. Los sueños se destiñen por ventanales.

Se desvanece tu actitud de semidiós que conjuga la palabra amor con mitomanía; del instinto paso a la pesadumbre, sin embargo, esa falacia se inviste de perfección cuando me aíslas con jacarandás que embisten mi cuerpo; así, el clímax se anuncia y me dices al oído: Recuérdame como flor moribunda cuyo jarrón cada día tiene más moho y amargura, recuérdame por mis miedos y no por las hortensias que tildan mi dolor a impúberes sacrificios.

Imagen de Lalo Betancourt.

Gabriel AvilésDE CARTAS PARA NO SACRIFICAR INCIENSOS, GABRIEL AVILÉS
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Si Duermo…,Gabriel Avilés

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Si duermo
No apaguen luces
Abran ventanas
Dejen al gato entre mis pies
Y la muerte en las vértebras
Si duermo
Pongan un tango
O una blasfemia cantada por un don nadie
Permitan al viento secarse en mi garganta
Si duermo
No llamen al Dios
Que cuida de mis ojos.

Imagen de Lalo Betancourt.

Gabriel AvilésSi Duermo…,Gabriel Avilés
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Estrategas Sin Escudo, Gabriel Avilés

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Madre, el oráculo predice la destrucción de los santuarios mientras la finitud acicala nuestros pasos para infiltrarnos en diurnas batallas donde se difuminan mazmorras de permanencia.

Te pierdes, me pierdo, oscilamos.

Presuntuosa ciudad sin apellidos. Por ti convergen esencias y los rascacielos destruyen el candor de nuestros párpados, éstos se refugian en huestes del vencido o quizá del vencedor.

En las plazuelas, angustias presagian adioses, enajenan ideales, nosotros, estrategas sin escudo, afilamos espadas en contra de semidioses investidos con egolatría que disparan a quemarropa y reiteran un burdo testimonio, inhalando la inclusión de un mundo en bancarrota.

Somos profecías en alta mar con labios heridos entre engaños de una muchedumbre que lleva a cuestas holocaustos, sin embargo, tu voz resuena, la mía resiste, gritan al interior de una caracola premisas de luz.

 

Caer y elevarse, nuestro báculo y cetro.

Siempre triunfo nunca esclavitud.

Ni ceder, ni morir, nuestra causa: aferramos al grial de fortaleza, no de cicatrices.

Gabriel AvilésEstrategas Sin Escudo, Gabriel Avilés
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