Privilegios en Cuarentena, Roberto Cardozo

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Desde temprano me levanto, como es mi costumbre. A las seis con treinta de la mañana ya tengo un café caliente en la panza. Sin azúcar. Reviso algunos trabajos que me han enviado mis alumnos, a las ocho tengo una video llamada con otro alumno al que estoy asesorando en la elaboración de su documento con el que se titulará. A las nueve reviso las actividades de un curso en línea que estoy tomando, a las diez otro curso. Ente tanto, mis ideas se entrelazan con preguntas obligatorias: ¿Qué desayunaré? ¿Qué comeré?

Para la tarde estaré revisando qué tarea nueva le enviaré a mis alumnos, mientras mi angustia ahora se va en pensar en alguna actividad recreativa; quizá un poco de origami, tal vez algo de dibujo, o tejido.

A través de la ventana, esta barrera que ahora se erige como escudo ante la pandemia, observo a personas pasando por la calle, como es el día que pasa el servicio de recoja de basura, también observo a doña Guille, una vecina que se dedica a la pepena y, a pesar de su edad, no puede dejar de trabajar, precisamente con los materiales que son más peligrosos en estos días.

 

No puedo dejar de tener sentimientos encontrados, sobre todo cuando me descubro con tribulaciones que, en otro momento, podrían ser insustanciales, pero en estas épocas se convierten en esa diferencia entre la cordura y la demencia. Por un lado, la angustia de pensar en qué ocuparé mi tiempo libre que en estos días se ha multiplicado; por el otro, darme cuenta de todas esas personas que están pasando por momentos verdaderamente difíciles, por lo que mis infortunios me parecen simples quejumbres que pierden validez al compararse con las verdaderas tragedias que se irán descubriendo.

 

Esto del distanciamiento social voluntario se está convirtiendo en una nueva marca de la división de clases, no cualquiera puede darse el lujo de mantenerse en casa en esta cuarentena y los que nos quedamos en casa, nos hemos pasado pidiendo, suplicando y exigiendo a los demás que se queden en su casa sin comprender que somos unos privilegiados y que esta situación no debe hacernos sentir moralmente superiores con aquellos que no pueden parar unos días porque de ello depende su alimento.

Hace unos días pude encontrarme en las redes sociales un comentario que me parece que debe llevarnos a la reflexión. Un amigo pedía que tuviéramos la consideración de no estar publicando nuestras actividades en casa y, sobre todo, evitar esa costumbre tan arraigada entre nosotros de compartir imágenes de nuestros alimentos, pensando en aquellas personas que “viven al día” y que están pasando momentos complicados con su economía.

Los que somos privilegiados, estamos obligados a ser empáticos con aquellos que no lo son, algo que sigue siendo difícil cuando veo todos los días cómo el hashtag #quédateentucasa sigue siendo tendencia y cómo los privilegiados comparten videos mofándose de quienes no pueden parar y quedarse en casa.

Quédate en tu casa, si puedes, pero vayamos pensando cómo le haremos para entender y apoyar a quienes no tienen la opción que los privilegios nos dan. Aquí empieza el abismo, cuando el discurso de la solidaridad y la comprensión son solo eso, un discurso.

Mérida, Yucatán, 1974. Escritor, promotor cultural, poeta, productor de televisión y radio, locutor, conferencista y editor. Autor, entre otros libros, de "Presagios", "Cartas para la hoguera" y "A la deriva del infinito".

Gabriel AvilésPrivilegios en Cuarentena, Roberto Cardozo

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